Destacados de la Predestinacion de San Agustin
Algunos destacados del Segundo Capítulo del libro:
Mas si la fe, con que empezamos a creer, no se debe a la gracia de Dios, sino que más bien esta gracia se nos añade para que creamos más plena y perfectamente, por lo cual primero ofrecemos nosotros a Dios el principio de nuestra fe, para que nos retribuya El luego lo que de ella nos falta o cualquiera otra gracia de las que por medio de la fe pedimos, tal doctrina no difiere en nada de la proposición que el mismo Pelagio se vio obligado a retractar en el concilio de Palestina, conforme lo testifican sus mismas actas, cuando dijo «que la gracia de Dios nos es dada según nuestros méritos».
Quien quiera, pues, evitar el error de esta doctrina reprobable, entienda con toda verdad el dicho del Apóstol: Porque a vosotros os es concedido a causa de cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él. Ambas cosas son un don de Dios, pues tanto la una como la otra se asegura que nos son dadas.
Por consiguiente, si Dios es el autor de nuestra fe obrando en nuestros corazones por modo maravilloso para que creamos, ¿acaso se ha de temer que no sea bastante poderoso para obrar la fe totalmente, de suerte que el hombre se arrogue de su parte el comienzo de la fe para merecer solamente el aumento de ella de parte de Dios?
queriendo, por otra, adjudicarse a sí propio el mérito de creer, trata el hombre de conciliarse con Dios atribuyéndose a sí mismo una parte de la fe y dejando la otra para Dios; pero tan insolentemente, que se adjudica a sí mismo la primera, concediendo a Dios la segunda, y así en lo que afirma ser de ambos, se coloca a sí mismo en primer lugar, y a Dios en segundo término.
The Very Best del tercer capítulo…
San Cipriano cuando decía: «En ninguna cosa debemos gloriamos, porque ninguna cosa es nuestra». Para demostración de lo cual alegó el testimonio del Apóstol, que dice: Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo recibido? Por cuyo testimonio singularmente yo mismo me persuadí del error en que me encontraba
Y del cuarto…
Porque este testimonio del Apóstol, en que, para refrenar la soberbia del hombre, se dice: ¿qué tienes que no hayas recibido? no permite a ningún creyente decir: «Yo tengo fe y no la he recibido de nadie».
Pues con estas palabras del Apóstol sería totalmente abatida la hinchazón de semejante respuesta. Ni tampoco le es lícito a nadie decir: «Aunque no tenga la fe perfecta o total, tengo, no obstante, el principio de ella, por el cual primeramente creí en Jesucristo» Porque también aquí le será respondido: ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no te lo hubieran dado?
Ahora vamos a por el quinto…
lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Donde claramente aparece la intención del Apóstol contra la humana soberbia, a fin de que nadie se gloríe en el hombre ni, por ende, en sí mismo.
el Apóstol no pretende otra cosa sino que se humille el hombre y sea glorificado Dios solamente.
Así que, ninguno se gloríe en los hombres. Ya antes había dicho: El que se gloría, gloríese en el Señor.
¿Acaso, pregunto, pretende el Apóstol otra cosa sino que quien se gloría, se gloríe en el Señor? Mas nada tan opuesto a este propósito como el gloriarse alguno de sus méritos, como si se los hubiera granjeado él a sí mismo y no la gracia de Dios; aquella gracia—digo—por la que los buenos aventajan a los malos, no la gracia natural, que es común a buenos y malos.
por tanto, a la esfera de la fe, que reside en la voluntad, corresponde también lo que dice el Apóstol: Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?
Y no hay quinto sin sexto…
He aquí patentes la misericordia y el juicio de Dios; la misericordia en la elección, que logró alcanzar la justicia; el juicio, en cambio, en los que fueron endurecidos en su ceguera.
Y no obstante, aquellos, porque quisieron, creyeron; éstos, porque no quisieron, no creyeron.
La misericordia y la justicia se han verificado en las mismas voluntades. Esta elección es, pues, obra de la gracia, no ciertamente de los propios méritos
Ya antes el Apóstol había dicho: Así también en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia
Y aquí llega el séptimo:
pero el mismo Jesucristo asegura que la fe es también obra de Dios, y nos la exige para obrar meritoriamente.
Le dijeron, pues, los Judíos:
Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. De esta manera distingue el apóstol la fe de las obras
suele decirse: «Tal hombre mereció creer, porque era un varón justo aun antes de que creyere».
Como puede decirse de Cornelio, cuyas limosnas fueron aceptadas y sus oraciones oídas antes de que creyera en Cristo; sin embargo, no sin alguna fe daba limosna y hacía su oración. Porque ¿cómo podía invocar a aquel en quien no había creído?
Luego se debe concluir que cuantas obras realizó Cornelio antes de creer, cuando creyó y después de creer, todo ello se ha de atribuir a Dios, a fin de que nadie se gloríe.
El octavo…
Todo lo que el padre me da,. ¿Qué quiere decir vendrá a mí sino creerán en mí? Mas el que esto se efectúe es el Padre quien lo concede. Y así dice poco más adelante: No murmuréis entre vosotros. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.
Esta gracia no hay corazón, por duro que sea, que la rechace
¿Por qué, pues, no enseña a todos para que vengan a Jesucristo sino porque a los que enseña, por su misericordia les enseña, y a los que no enseña, por su justicia no les enseña?
Así, pues, de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece. Pero se compadece, prodigando beneficios, y endurece, como retribución de los vicios
¿acaso a esto respondió el Apóstol: «¡OH hombre! , falso es lo que has dicho»? No, sino que respondió: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?
con toda razón decimos que Dios enseña a todos que vengan a Jesucristo no porque todos vengan, sino porque nadie puede venir de otra manera
Por eso, la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.
Y estos solos son todos a los que Dios enseña para que vengan a Cristo, estos solos los que quiere que se hagan salvos y que vengan al conocimiento de la verdad.
«Y ¿por qué—preguntan—no enseña a todos?» [...] Pues ¿por qué pedimos por los que no quieren creer sino para que Dios obre en ellos el querer?
si la fe de los que oran es la que dispone para la gracia de Dios, ¿cómo la fe de aquellos por quienes se pide que crean podría prevenir a dicha gracia? Cuando lo que se pide por ellos es precisamente esto: que les sea concedida la fe que no tienen.
a unos se les concede el creer y a los otros no se les concede. Ninguno —dice— puede venir a mí si el Padre, que me envió, no le trajere.
Por consiguiente, tanto la fe inicial como la consumada o perfecta son un don de Dios.
Y así, quien no quiera contradecir a los evidentísimos testimonios de las divinas letras, de ninguna manera puede dudar que este don es concedido a unos y negado a otros.
Mas por qué no se concede a todos, es cuestión que no debe inquietar a quien cree que por un solo hombre incurrieron todos en una condenación indiscutiblemente justísima; de suerte que ninguna acusación contra Dios sería justa aun cuando ninguno fuera libertado.
¿por qué salva a uno con preferencia a otro? ¡Insondables son los juicios de Dios e inescrutables sus caminos! Mejor nos será escuchar y decir aquí la palabra del Apóstol: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?
El décimo capítulo…
entre la gracia y la predestinación existe únicamente esta diferencia: que la predestinación es una preparación para la gracia, y la gracia es ya la donación efectiva de la predestinación.
la predestinación, la cual no puede darse sin la presciencia por más que la presciencia sí que puede existir sin la predestinación.
Porque si los hombres practican obras buenas en lo que se refiere al culto divino, de Dios proviene el que ellos cumplan lo que les ha mandado, y no de ellos el que Él cumpla lo que ha prometido; de otra suerte, provendría de la capacidad humana, y no del poder divino, el que se cumpliesen las divinas promesas
Ahora bien: ¿por ventura prometió Dios a Abrahán en su descendencia solamente las obras buenas de los pueblos Gentiles, de modo que prometiese así lo que Él hace, y no le prometió, en cambio, la fe, cual si ésta fuera obra de los hombres, de suerte que para prometer lo que Él hace tuvo presciencia de la fe que debía ser obra del hombre? No es ciertamente tal lo que dice el Apóstol, sino que Dios prometió a Abrahán hijos que seguirían las huellas de su fe
si sólo prometió Dios las obras y no la fe de los Gentiles, como quiera que no pueden existir las buenas obras si no es por la fe —porque el justo por la fe vivirá, y todo lo que no proviene de fe, es pecado, y sin fe es imposible agradar a Dios —, resultará que el cumplimiento de lo que Dios ha prometido depende del poder del hombre.
Porque prometió Dios a Abrahán hijos, que no podrían serlo sin tener la fe; luego es Dios quien concede también la fe.



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