RESURRECCIÓN

Febrero 28, 2010 |  Tagged , |

RESURRECCIÓN

La característica más extraordinaria de la predicación cristiana es el acento que se pone en la resurrección. Los primeros predicadores estaban seguros de que Cristo se había levantado de entre los muertos, y seguros, en consecuencia, de que los creyentes también serían resucitados en el día señalado. Esto los distinguió de todos los demás maestros del mundo antiguo. Hay resurrecciones en otras partes, pero ninguna como la de Cristo. En general se trata de relatos mitológicos relacionados con el cambio de estación y el milagro anual de la primavera. Los evangelios nos hablan de un hombre que realmente murió, pero que venció la muerte al levantarse nuevamente. Y si bien es cierto que la resurrección de Cristo no se parece en nada a lo que encontramos en el paganismo, también es cierto que la actitud de los creyentes con respecto a su propia resurrección, corolario de la de su Señor, es radicalmente diferente de todo lo que ocurre en el mundo pagano. Nada hay que sea más característico del mejor pensamiento de la época, que su desesperanza frente a la muerte. Resulta claro que la resurrección es de primordial importancia para la fe cristiana.

El concepto cristiano de la resurrección debe distinguirse tanto del concepto griego como del judío. Los griegos pensaban que el cuerpo era algo que impedía la verdadera vida, y esperaban el momento en que el alma se liberaría de su prisión. Concebían la vida después de la muerte en función de la inmortalidad del alma, pero rechazaban firmemente toda idea de resurrección (cf.cf. confer (lat.), compárese la burla ante la predicación de Pablo en Hch. 17.32). Los judíos estaban firmemente persuadidos de los valores del cuerpo, y pensaban que estos no se perderían, por lo que esperaban la resurrección del cuerpo. Pero creían que sería exactamente el mismo cuerpo (Apocalipsis de Baruc 1.2). Los cristianos pensaban que el cuerpo sería resucitado, pero también transformado para convertirse en vehículo adecuado para una vida diferente en la era venidera (1 Co. 15.42ss). El concepto cristiano es, por lo tanto, distintivo.

I. La resurrección en el Antiguo Testamento

Poco hay sobre la resurrección en el ATAT Antiguo Testamento, lo que no quiere decir que no se la mencione, sino que no alcanza prominencia. Los hombres del ATAT Antiguo Testamento eran muy prácticos, y se concentraban en la tarea de vivir la vida presente al servicio de Dios; poco tiempo tenían para especular sobre la vida venidera. Además, no debemos olvidar que vivían del otro lado de la resurrección de Cristo, y es esto último lo que da base a la doctrina. A veces empleaban la idea de la resurrección para expresar la esperanza nacional del renacimiento de la nación (p. ej.p. ej. por ejemplo Ez. 37). La declaración más clara sobre la resurrección del individuo la encontramos en Dn. 12.2, “y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua”. Esto claramente contempla la resurrección, tanto de los justos como de los impíos, y también considera las consecuencias eternas de las acciones humanas. Hay otros pasajes que tratan la resurrección, principalmente algunos de los salmos (p. ej.p. ej. por ejemplo Sal. 16.10s; 49.14s). Se disputa el significado preciso de la gran afirmación de Job (Job 19.25–27), pero es difícil pensar que no esté presente allí la idea de la resurrección. A veces los profetas se ocupan del tema también (p. ej.p. ej. por ejemplo Is. 26.19). Pero en general el ATAT Antiguo Testamento poco nos dice sobre el mismo. Esto quizás se deba a que alguna doctrina sobre la resurrección existía en pueblos como los egipcios y los babilonios. En una época en que el sincretismo constituía un grave peligro, este hecho sin duda disuadiría a los hebreos de prestar demasiada atención a la idea.

Durante el período intertestamentario, cuando el peligro no era tan inminente, la idea se vuelve mas prominente. No se alcanza uniformidad, y aun en la época del NTNT Nuevo Testamento los saduceos todavía negaban que hubiera resurrección. Pero para entonces la mayor parte de los judíos ya había aceptado alguna idea acerca de la resurrección. Generalmente pensaban que el mismo cuerpo volvería a la vida tal como estaba.

II. La resurrección de Cristo

En tres ocasiones Cristo volvió a la vida a ciertas personas (la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín, y Lázaro). Pero estos casos no deben tomarse como casos de resurrección sino de resucitación. No hay indicación de que estas personas hayan hecho otra cosa que volver a la vida que habían dejado. Y Pablo nos dice explícitamente que Cristo es “primicias de los que durmieron” (1 Co. 15.20). Pero estos milagros nos muestran que Cristo es Señor de la muerte. El tema vuelve a hacerse presente en el hecho de que él había profetizado que se levantaría tres días después de su crucifixión (Mr. 8.31; 9.31; 10.34, etc.). Este punto es importante, ya que nos muestra a Cristo en forma suprema como dueño de la situación. Y también significa que la resurrección es de primordial importancia, porque en ella está comprometida la veracidad de nuestro Señor.

Los evangelios nos dicen que Jesús fue crucificado, que murió, y que al tercer día la tumba en que había sido colocado estaba vacía. Unos ángeles les dijeron a algunas mujeres que se había levantado de los muertos. Durante algunas semanas Jesús apareció periódicamente ante sus seguidores. Pablo menciona algunas de estas apariciones, pero no menciona explicitamente la tumba vacía, por lo que algunos eruditos sugieren que ella no figuraba en la tradición de la iglesia primitiva. Pero bien podríamos responder que Pablo da por sentado que la tumba quedó vacía. ¿Qué otra cosa podría significar el que dijera que Jesús “fue sepultado, y que resucitó al tercer día …” (1 Co. 15.4)? No tenía objeto que mencionara expresamente la sepultura si no estaba pensando en la tumba vacía. Además, la mencionan los cuatro evangelios. Debe aceptarse como parte de la auténtica tradición cristiana. Algunos han sugerido que los discípulos acudieron a una tumba equivocada, en la que un hombre vestido de blanco les dijo, “no está aquí”, con lo que quiso decir, “está en otra tumba”. Pero, en primer lugar, esto es pura especulación, y, en segundo lugar, da pie a un sinnúmero de interrogantes. Es imposible sostener que todos se equivocaron de tumba, tanto los amigos como los enemigos. Cuando en las primeras predicaciones se hizo hincapié en la resurrección, podemos estar seguros de que las autoridades habrían hecho todo lo posible por encontrar el cuerpo.

Pero si la tumba estaba realmente vacía parecería que sólo tenemos tres posibilidades: que sus amigos se llevaron el cuerpo, que se lo llevaron sus enemigos, o que Jesús resucitó. Es demasiado difícil sostener la primera hipótesis. Todas las pruebas de que disponemos nos indican que los discípulos no pensaban en la resurrección, y que la noche del primer viernes santo se los ve como hombres sin esperanza. Eran hombres vencidos, descorazonados, que se ocultaban por miedo a los judíos. Además, Mateo nos dice que se colocó una guardia en la tumba, de modo que no podían robar el cuerpo, aun cuando hubieran querido hacerlo. Pero lo más increíble es que estuvieran dispuestos a sufrir posteriormente por predicar la resurrección, como nos dice el libro de Hechos que realmente ocurrió. Algunos sufrieron prisión, y Jacobo fue ejecutado. Nadie sufre una pena así por sostener una mentira conscientemente. También debemos recordar que cuando la secta cristiana llegó a perturbar suficientemente a las autoridades como para que se la persiguiera, los jefes de los sacerdotes habrían pagado con gusto por cualquier información relativa al robo del cuerpo, y el caso de Judas nos basta para demostrar que podría haberse encontrado un traidor en las filas del propio Jesús. La conclusión a que se llega es que es imposible sostener que los creyentes robaron el cuerpo de Cristo.

Igualmente difícil de sostener es la teoría de que sus enemigos se apoderaron del cuerpo. ¿Qué motivo hubieran tenido? No encontramos motivo alguno. Haberlo hecho habría significado echar a rodar rumores de una resurrección que según vemos tenían sumo interés en evitar. Además, la guardia junto a la tumba hubiera sido un obstáculo tan grande para ellos como para los amigos del Señor. Pero la objeción absolutamente decisiva es que no pudieron mostrar el cuerpo cuando empezó la primera predicación. Pedro y sus compañeros pusieron gran empeño en hablar de la resurrección de su Señor. Es evidente que ella hizo un gran impacto en la imaginación de los discípulos. Si en esas circunstancias sus enemigos hubieran mostrado el cuerpo de Jesús, la iglesia cristiana se hubiese disuelto en medio de la burla. El silencio de los judíos es tan significativo como la predicación de los cristianos. El hecho de que los enemigos de Jesús hayan sido incapaces de mostrar su cuerpo es prueba concluyente de que no estaban en condiciones de hacerlo.

Como parece imposible sostener ya sea que sus amigos o sus enemigos robaron el cuerpo, y desde el momento en que la tumba estaba vacía, nos vemos ante la disyuntiva de aceptar o no la hipótesis de la resurrección, hecho que corroboran las apariciones de Jesús después de su resurrección. En total hubo diez apariciones diferentes, según nos lo dicen los cinco relatos de que disponemos (los cuatro evangelios y 1 Co. 15). No es fácil armonizarlos (aunque no es imposible, como a menudo se afirma; el intento que se hizo en la Santa Biblia Anotada de Scofield, por ejemplo, puede o no ser la forma correcta de armonizarlos, pero no cabe duda de que demuestra que es posible hacerlo). Las dificultades no hacen más que demostrar que los relatos son independientes. No se trata de una repetición estereotipada de un relato oficial. Además, existe un notable acuerdo en cuanto a los hechos principales. Hay una gran variedad de testigos. A veces uno o dos vieron al Señor, otras veces un número mayor, como en el caso de los once apóstoles, y una vez un grupo grande de quinientos discípuIos. Entre ellos había hombres y mujeres. La mayor parte de las apariciones fueron a creyentes, pero es posible que la aparición a Jacobo se haya producido cuando este todavía no creía. Especialmente importante es la de Pablo. Aquí no se trata de un hombre crédulo, sino de un hombre culto que se oponía enconadamente a los cristianos. Y Pablo es terminante cuando afirma que vio a Jesús después de su resurrección de entre los muertos. Tan seguro estaba de ello que afincó todo el resto de su carrera terrenal en esa certidumbre. El canónigo Kennett lo expresa rotundamente cuando dice que Pablo se convirtió antes de que se cumplieran cinco años de la crucifixión, y afirma que “a muy pocos años de la época de la crucifixión de Jesús, las pruebas de su resurrección estaban en la mente de por lo menos una persona de educación absolutamente irrefutable” (Interpreter 5, 1908–09, pp.pp. página(s) 267).

No debemos pasar por alto la transformación de los discípulos en todo esto. Como hicimos notar anteriormente, eran hombres vencidos y profundamente desalentados estos seguidores que fueron testigos de la crucifixión, pero poco después se mostraron dispuestos a ir a la cárcel, e incluso a morir, por amor a Cristo. ¿Qué fue lo que los hizo cambiar de esta manera? Los hombres no corren semejantes riesgos a menos que estén seguros de lo que creen. Los discípulos estaban completamente convencidos. Quizas deberíamos añadir que su certeza se reflejaba en su modo de adorar. Eran judíos, y los judíos son tenaces en la adherencia a sus costumbres religiosas. Sin embargo, estos hombres comenzaron a observar el día del Señor, en memoria semanal de la resurrección, en lugar del día de reposo. En ese día del Señor celebraban la santa comunión, que no era una conmemoración de un Cristo muerto, sino una agradecida rememoración de las bendiciones que les trasmitía un Señor vivo y triunfante. El otro sacramento, el bautismo, era una recordación de que los creyentes eran sepultados con Cristo, y que resucitaban con él (Col. 2.12). La resurreccion daba significado a todo lo que hacían.

A veces se dice que Cristo no murió realmente sino que sufrió un desmayo, y que luego, en la frescura de la tumba, volvió en sí. Esto plantea toda una serie de interrogantes. ¿Cómo logró salir de la tumba? ¿Qué fue de él? ¿Por qué no tenemos más noticias de él? ¿Cuándo murió? Las preguntas se multiplican sin que aparezca respuesta alguna. Algunos han llegado a creer que los discípulos fueron víctimas de alucinaciones. Pero no podemos explicar así las apariciones posteriores a la resurrección. Las alucinaciones les vienen a los que en cierto sentido las están buscando, y no hay indicios de que haya sido así en el caso de los discípulos. Una vez comenzadas, las alucinaciones tienden a seguir, mientras que las apariciones cesaron abruptamente. Las alucinaciones son fenómenos individuales, mientras que en este caso hasta quinientas personas vieron al Señor en una misma ocasión. No parecería tener sentido cambiar un milagro en el plano físico por uno en el plano psicológico, que es justamente lo que exige esta teoría.

No obstante, en la actualidad muchos estudiosos niegan lisa y llanamente la posibilidad de una resurrección física. Pueden afirmar rotundamente que “los huesos de Jesús descansan en el suelo de Palestina”. Pueden decir que Jesús “resucitó” en el sentido de que ingresó en el kerygma; los discípulos se convencieron de que había sobrevivido en su paso por la muerte y que, por consiguiente, podían predicar que estaba vivo. Pueden, también, ubicar el cambio en los discípulos. Estos hombres habían visto que Jesús era realmente libre, de modo que comenzaron a experimentar lo mismo ellos también. Esto significa que se convencieron de que Jesús no estaba muerto, sino que era una influencia viva. Dos grandes escollos atraviesan la senda de todas las opiniones semejantes a estas. Uno es que no es esto lo que dicen las fuentes. En forma tan elocuente como pueden expresarlo las palabras, nos afirman que Jesús murió, que fue sepultado, y que resucitó. La segunda dificultad es de tipo moral. No podemos negar que los discípulos creían que Jesús había resucitado. Esto fue lo que les dio su empuje, y esto fue, también, el tema central de su predicación. Si Jesús estaba muerto, entonces Dios ha edificado la iglesia sobre una ilusión, conclusión inaceptable. Además, tales puntos de vista ignoran la tumba vacía. Este es un hecho insoslayable. Quizás es digno de mención el hecho de que estas perspectivas son bastante modernas (aunque ocasionalmente han surgido antecesores, cf 2 Ti. 2.17s). No forman parte del cristianismo histórico, y si fueran correctas, casi todos los cristianos han vivido en el más craso error a través de los siglos en lo que hace a una doctrina cardinal de la fe.

III. La resurrección de los creyentes

No sólo es verdad que Jesús resucitó, sino que un día también resucitarán todos los hombres. Jesús refutó el escepticismo de los saduceos sobre este punto con un interesante argumento tomado de la Escritura (Mt. 22.31–32). La posición general del NTNT Nuevo Testamento es que la resurrección de Cristo trae aparejada la resurrección de los creyentes. Jesús dijo, “yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn. 11.25). En varias ocasiones habló de la resurrección de los creyentes en el último día (Jn. 6.39–40, 44, 54). Los saduceos se ofendieron porque los apóstoles anunciaban “en Jesús la resurrección de entre los muertos” (Hch. 4.2). Pablo nos dice que “por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co. 15.21s; cf.cf. confer (lat.), compárese 1 Ts. 4.14). De la misma manera, Pedro dice, “nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos’ (1 P. 1.3). Resulta perfectamente claro que los autores de los libros del NTNT Nuevo Testamento no pensaban que la resurrección de Cristo fuese un fenómeno aislado. Se trataba de un gran acto divino, pleno de consecuencias para los hombres. Al resucitar a Cristo, Dios ponía su sello de aprobación sobre la obra expiatoria efectuada en la cruz. Demostraba su poder divino frente al pecado y la muerte, al mismo tiempo que su voluntad de salvar a los hombres. Por ello, la resurrección de los creyentes es consecuencia inmediata de la de su Salvador. Tan característico de ellos es la resurrección que Cristo puede hablar de ellos como “hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección” (Lc. 20.36).

Esto no quiere decir que todos los que serán resucitados lo serán para bendición. Jesús habla de la “resurrección de vida”, pero también habla de la “resurrección de condenación” (Jn. 5.29). La clara enseñanza del NTNT Nuevo Testamento es que todos serán resucitados, pero que los que han rechazado a Cristo encontrarán que la resurrección es asunto sumamente grave. Para los creyentes, el hecho de que su propia resurrección está relacionada con la de su Salvador transforma totalmente la situación. A la luz de la obra expiatoria realizada a favor de ellos enfrentan la resurrección con calma y gozo.

Poco dice la Escritura sobre la naturaleza del cuerpo de resurrección. Pablo dice que se trata de un “cuerpo espiritual” (1 Co. 15.44), lo que a aparentemente significa que satisface las necesidades del espíritu. Expresamente lo diferencia del “cuerpo físico” que tenemos ahora, e inferimos que un “cuerpo” que satisface las necesidades del espíritu es, en algún sentido, diferente del que actualmente conocemos. El cuerpo espiritual tiene las cualidades de incorruptibilidad, gloria, y poder (1 Co. 15.42s). Nuestro Señor nos ha enseñado que no habrá matrimonio después de la resurrección, y por lo tanto no habrá función sexual (Mt. 12.25).

Quizás podamos adelantar algo si pensamos en el cuerpo resucitado de Cristo, porque Juan nos dice que “seremos semejantes a él” (1 Jn. 3.2), y Pablo indica que el nuestro es un “cuerpo de humillación”, pero que será semejante al “cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3.21). Aparentemente el cuerpo de resurrección de nuestro Señor fue en algún sentido como el cuerpo natural, y en algún sentido diferente. Así, en algunas ocasiones fue reconocido inmediatamente (Mt. 28.9; Jn. 20.19s), pero en otras no (especialmente en el viaje a Emaús, Lc. 24.16; cf.cf. confer (lat.), compárese Jn. 21). Apareció súbitamente en medio de sus discípulos, que estaban reunidos a puertas cerradas (Jn. 20.19), mientras que, por el contrario, desapareció de la vista de los dos que fueron con él a Emaús (Lc. 24.31). Les dijo que tenía “carne” y “huesos” (Lc. 24.39). En algunas ocasiones comió (Lc. 24.41–43), aunque no podemos asegurar que el alimento material sea una necesidad en la vida posterior a la muerte (cf.cf. confer (lat.), compárese 1 Co. 6.13). Parecería que el Señor resucitado podía conformarse o no a las limitaciones de esta vida física según su voluntad, y esto podría indicar que cuando resucitemos tendremos facultades similares.

IV. Consecuencias doctrinales de la resurrección

La significación cristológica de la resurrección es considerable. El hecho de que Jesús haya profetizado que se levantaría de los muertos al tercer día tiene importantes consecuencias para su persona. El que pudo hacer esto es más grande que los hijos de los hombres. No cabe duda de que Pablo considera que la resurrección de Cristo reviste capital importancia. “Si Cristo no resucitó”, dice, “vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe … si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Co. 15.14, 17). La cuestión es que el cristianismo es un evangelio, es la buena nueva acerca de la forma en que Dios envió a su Hijo para que fuese nuestro Salvador. Pero si, en realidad, Cristo no resucitó, entonces no tenemos ninguna seguridad de que se haya logrado nuestra salvación. En consecuencia, la realidad de la resurrección de Cristo tiene un profundo significado. También es importante la resurrección de los creyentes. Según Pablo, si los muertos no resucitan bien podríamos adoptar el lema “comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1 Co. 15.32). Los creyentes no son personas para quienes esta vida es todo. Su esperanza yace en otra parte (1 Co. 15.19). Esto da perspectiva y profundidad a su modo de vivir.

La resurrección de Cristo está relacionada con nuestra salvación, como cuando Pablo dice que Cristo “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Ro. 4.25; cf.cf. confer (lat.), compárese 8.33s). No hay necesidad alguna de entrar aquí en el significado preciso del uso de “por” y “para”; esta es tarea que incumbe a los comentaristas. Nos limitaremos a hacer notar que la resurrección de Cristo tiene relación con el acto central por medio del cual somos salvos. La salvación no es algo que ocurre aparte de la resurrección.

Tampoco termina allí. Pablo habla de su deseo de conocer a Cristo “y el poder de su resurrección” (Fil 3.10), y exhorta así a los colosenses: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba …” (Col. 3.1). Ya les había recordado que fueron sepultados junto con Cristo en el bautismo, y en el mismo sacramento fueron resucitados juntamente con él (Col. 2.12). En otras palabras, el apóstol ve el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos obrando en los que son de Cristo. La resurrección es algo que continúa.

Bibliografía. °A M. Ramsey, La resurrección de Cristo, 1971; °W. Marxsen, La resurrección de Jesús como problema histórico y teológico, 1979; L. Coenen, “Resurrección”, °DTNT°DTNT L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, Diccionario teológico del Nuevo Testamento, en 4 t(t). (título original en alemán theologisches Regriffslexicon zum Neuen Testament, 1971), edición preparada por M. Sala y A. Herrera, 1980–85, t(t).t(t). tomo(s) IV, pp.pp. página(s) 88–96; J. Danielou, La resurrección, 1971; L. Boff, La resurrección de Cristo, 1980; E. Ruckstuhl, La resurrección de Jesucristo, 1973; V. Wilkens, La resurrección de Jesús: Estudio histórico del testimonio bíblico, 1981; S. Vidal, La resurrección de Jesús en las cartas de san Pablo, 1982; X. León-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, 1978; W. Eichrodt, Teología del Antiguo Testamento, 1975, t(t).t(t). tomo(s) II, pp.pp. página(s) 499–523; K. H. Schelkle, Teología del Nuevo Testamento, 1977, t(t).t(t). tomo(s) II, pp.pp. página(s) 184–214; O. Schilling, “Resurrección”, °DTB°DTB J. B. Bauer, Diccionario de teología bíblica, trad. del alemán (título original Bibeltheologisches Wörterbuch, 1962) por Daniel Ruiz Bueno y revisado por Luis Arnaldich, 1967, 1967, cols. 909–922; L. Berkhof, Teología sistemática, 1972, pp.pp. página(s) 411–416, 863–871.

W. Milligan, The Resurrection of our Lord², 1883; J. Orr, The Resurrection of Jesus, 1909; W. J. Sparrow-Simpson, The Resurrection and Modern Thought, 1911; P. Gardner-Smith, The Narratives of the Resurrection, 1926; K. Barth, The Resurrection of the Dead, trad.trad. traductor, traducción, traducido ing.ing. inglés, inglesa 1933; A. M. Ramsey, The Resurrection of Christ, 1946; G. Vos en PTRPTR Princeton Theological Review 27, 1929, pp.pp. página(s) 1–35, 193–226; N. Clark, Interpreting the Resurrection, 1967; W. Marxsen, The Resurrection of Jesus of Nazareth, 1970; L. Coenen, C. Brown en NIDNTTNIDNTT C. Brown (eds.), The New International Dictionary of New Testamento Theology, 3 t(t)., 1975–8 3, pp.pp. página(s) 257–309.

L.M.L.M. L. L. Morris, M.Sc., M.Th., Ph.D., ex Director del Ridley College, Melbourne; Canónigo de la catedral de San Pablo, Melbourne, Australia.

Resurreccion, Diccionario Biblico ed. Certeza


Comments



Tu deberías estar Logueado para postear un comentario.

Nombre (requerido)

Email (requerido)

Sitio web

Speak your mind