Colosenses 1:20

“Todos”

Con la mayor naturalidad, después de presentar a Cristo como Dueño del Universo, el apóstol lo presenta como Cabeza de la Iglesia (v. 18): «Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, y él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia.»

La idea de Cristo como cabeza de la iglesia, tan familiar para el apóstol, lo es también para nosotros, pues ya la hemos visto en 1 Co. 12:13; Ef. 1:22, 23 4:15, y la volveremos a ver en esta misma Epístola (1:24; 2:19), por lo que no necesita de comentario. «Él es el principio» (gr. arkhé, -comp. con Ap 3:14) no significa solamente que Cristo es el primero, sino también que el es el verdadero manantial de la vida espiritual de la Iglesia.

«El primogénito de entre los muertos» es una imagen muy expresiva para indicar que fue el primero en salir del sepulcro, que lo retenía como con dolores de parto, viniendo así a ganar para todos los suyo la victoria sobre la muerte y el sepulcro, hecho «espíritu vivificante» (1 Co. 15:45, 55-57).

Finalmente, Pablo presenta a Cristo como al Reconciliador de toda las cosas.

(A) Teniendo en cuenta que los herejes contra los que esta epístola embiste eran una mezcla de judaizantes, gnósticos y místicos de tipo oriental el apóstol no admite el escalafón de eones o deidades emanadas del Supremo Ser y encargadas de servir como intermediarios entre Dios y los hombres.

«No hay más que un Mediador», dirá después (1 Ti. 2:5). Ahora le basta con asegurar que no hay necesidad de tales deidades inferiores, puesto que (v. 19) «tuvo a bien (el Padre) que en él (Cristo) habitase toda la plenitud (lit.).

Notemos:

(a) Que, aun cuando «el Padre» no está explícito, todo el contexto lo da a entender,

(b) El verbo griego para «habitar» es katoikét que indica una residencia permanente,

(c) «Toda la plenitud» indica, contra los herejes aludidos, toda la plenitud de la esencia y del poder de la Deidad como en 2:9.

(B) Al residir permanentemente en Cristo la plenitud de la Deidad, no se necesitan más intermediarios para establecer una comunicación favorable de Dios con los seres humanos ni con una creación material supuestamente  impura, ya que plugo también a Dios (v. 20) «por medio de él (Cristo) reconciliar consigo todas las cosas (comp. con 2 Co. 5:18, 19), así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz». Nótense los siguientes detalles:

(a) El apóstol habla aquí de una reconciliación «cósmica», que nos recuerda lo que ya expresó en Ro. 8:19 y ss. sobre el anhelo de redención latente en la creación entera.

(b) Dentro de la reconciliación universal, Pablo especifica «las cosas que están en la tierra como las que están en los cielos».

Según Knabenbauer, este es quizás el pasaje más oscuro de los escritos de san Pablo». Están de acuerdo los autores en que «las cosas que están en los cielos» son los ángeles.

¿En qué sentido pueden ser reconciliados, ya que no lo necesitan,si son los buenos, o no pueden obtenerlo (V. He. 2:16), si se trata de los malos? Descartada así la opinión origenista de que llegará un día en que también los ángeles malos, incluido Satanás, y los condenados al infierno eran reconciliados con Dios y entrarán en el cielo, quedan dos soluciones:

Primera, «al restablecerse por la muerte de Cristo el recto orden entre las criaturas y el Creador, los ángeles no permanecen ajenos a esta armonía restaurada: entran también ellos a formar parte en este concierto armónico universal, en esta restauración cosmológica, según la cual todo se orienta Cristo como a su centro de unidad» (Gutiérrez, siguiendo a Huby); segunda, la reconciliación obtenida por medio de la muerte de Cristo puede ser «libremente aceptada o impuesta por la fuerza» (F.F. Bruce).

En este sentido, la derrota de los poderes maléficos (2:15) en la cruz del Salvador a paso a una «reconciliación al nivel más amplio, incluyendo así lo que habríamos de distinguir como pacificación» (Bruce). En tal sentido, ángeles, demonios, santos y pecadores, han de servir a los propósitos de Dios, de grado o por la fuerza (comp. con Fil. 2:11).

(c) «Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» nos da a entender que la reconciliación fue hecha mediante el derramamiento de la sangre expiatoria (V. Lv. 17:11) y que el sacrificio fue consumado mediante la muerte en la cruz del Calvario, siendo su muerte en el madero señal de que Cristo fue hecho maldición (Gá. 3; 13) por nosotros.

(C) En los vv. 21, 22, el apóstol aplica esta reconciliación, como ya echa efectiva, a los fieles de Colosas. Sus expresiones nos recuerdan los lugares, ya conocidos, de Ro. 5:10; 7:4; 2 Co. 5:18-20; Ef. 1:4; 2:3, 12, 16; 5:27. ) dice así: «Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente (gr. diánoia, pensamiento intencional, premeditado), en obras de las malas (lit.) -pecando de pensamiento y de obra-, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne (lit. en el cuerpo de su carne), por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha (comp. con Ef. 5:27) e irreprensibles delante de él (Dios).»

El hecho de que la reconciliación fuese llevada a cabo «mediante el cuerpo de carne» de Jesucristo, no sólo nos da a entender que su muerte fue real, en un cuerpo como el nuestro, sujeto a todas las miserias humanas, excepto el pecado, sino también, a mi juicio, para hacer patente el error gnóstico de la maldad esencial de la materia.

(D) La reconciliación de los fieles de Colosas, mediante la muerte de Cristo, desplegará en ellos toda su eficacia salvífica y santíficadora si, como añade el apóstol (v. 23), «permanecéis en la fe, firmes y estables, sin apartaros de la esperanza contenida en el evangelio. Este es el evangelio que habéis oído y que ha sido proclamado a toda criatura (comp. con Mr. 16:15) bajo los cielos, y del cual yo, Pablo, he sido hecho ministro» (V. por ej. Gá. 2:7) (NVI).

Dice Bruce: «Si la Biblia enseña la perseverancia final de los santos, también enseña que son santos los que al final perseveran -en Cristo-. La perseverancia es la prueba de la realidad.»

Quizá convendría aclarar que, en ese «ei gue», con que comienza el v. 23, se advierte, como en otros lugares ya vistos, la esperanza fundada del propio Pablo de que los fieles de Colosas han de continuar firmes por el camino que tomaron al oír y recibir el evangelio.

Al decir que este evangelio ha sido proclamado a toda criatura, es posible que el apóstol tenga en cuenta a los gnósticos, que distinguían entre «iniciados conocedores» y «simples creyentes». Contra ellos, parece decir Pablo: «El Evangelio no fue predicado sólo para iniciados, sino para todos los hombres.»

Com. ex.dev. Mattew Henry, 2 Cor. - Hebreos, pag.243-245,ed. Clie


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