El mal se origina en uso erróneo de la libertad del hombre, explica Benedicto XVI

VATICANO, 09 Dic. 09 / 10:29 am (ACI)

En su habitual catequesis de la Audiencia General de este miércoles celebrada en el Aula Pablo VI, el Papa Benedicto XVI habló de otro monje del siglo XI, Ruperto de Deutz, quien enseñó en su tiempo algunas cosas válidas para la actualidad: el mal tiene su origen en el errado uso la libertad humana, con lo que defendió así la absoluta bondad de Dios.

El Santo Padre explicó que desde joven, Ruperto manifestó su amor por la vida monástica y su adhesión total a la Sede de Pedro. Fue nombrado abad de Deutz en 1120 y murió en 1129.

Recordando las numerosas obras de Ruperto, “que todavía hoy suscitan un enorme interés”, Benedicto XVI subrayó que “intervino con determinación” en algunas discusiones teológicas, como por ejemplo en la “defensa de la presencia real de Cristo en la Eucaristía”.

En este contexto, el Papa alertó del peligro “de reducir el realismo eucarístico, considerándolo solo un rito de comunión, de socialización, que lleva a que olvidemos muy fácilmente que Cristo resucitado, con su cuerpo resucitado, está presente realmente, y se entrega en nuestras manos para incorporarnos a su cuerpo inmortal y guiarnos a la vida nueva ¡Es un misterio que hay que adorar y amar siempre de nuevo!”, exclamó.

El Santo Padre se refirió luego a otra controversia en la que intervino el abad de Deutz: “el problema de la conciliación de la bondad y de la omnipotencia de Dios con la existencia del mal. El abad parte de la bondad de Dios, de la verdad de que Dios es sumamente bueno y no puede sino querer el bien. Individua el origen del mal en el ser humano y en el uso erróneo de la libertad”.

Ruperto, dijo el Papa, “sostiene que la Encarnación, evento central de toda la historia, estaba prevista desde toda la eternidad, independientemente del pecado del hombre, para que toda la creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única familia congregada alrededor de Cristo”.

Benedicto XVI señaló que Ruperto “es el primer escritor que identificó a la esposa del Cántico de los Cánticos con María Santísima. Así, con su comentario a este libro de la Escritura se revela una especie de ‘summa’ mariológica, en la que se presentan los privilegios y las virtudes excelentes de María. Unió su doctrina mariológica a la doctrina eclesiológica; vio en María Santísima a la parte más santa de la Iglesia entera”, y esto tuvo su eco en el Concilio Vaticano II, con la proclamación solemne de María Madre de la Iglesia.

Ruperto de Deutz, concluyó el Pontífice, “como todos los representantes de la teología monástica, supo conjugar el estudio racional de los misterios de la fe con la oración y la contemplación, considerada como la cumbre de todo conocimiento de Dios”.


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