CIVILIZACIÓN CRISTIANA Y REVOLUCIÓN A LA LUZ DE LAS

PARÁBOLAS DEL GRANO DE MOSTAZA Y DEL FUERTE ARMADO

Introducción

La parábola del grano de mostaza (S. Mateo 13: 31; S. Marcos 4: 30; S. Lucas13: 18) se refiere a las características de la institución que Nuestro Señor Jesucristo estaba por fundar, de la Iglesia que se estaba gestando, y de la repercusión e influencia sobre la sociedad.

Esta parábola indica una expansión o desarrollo lento, hasta alcanzar la plenitud.

Hay que observar el crecimiento lento del árbol, es decir, el tiempo que iba a tardar la Iglesia en ser universal.

A pesar de llevar en germen esa capacidad de catolicidad, de adaptarse a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las latitudes, y de ofrecerles la posibilidad de incorporarlos a su seno, la propagación sería parsimoniosa.

Por lo mismo, esta parábola sale al encuentro de las ideas protestantes (antiguas y modernas), que pretenden que Jesucristo nunca pensó en fundar una sociedad visible; así como también enfrenta las concepciones racionalistas y modernistas (pasadas y actuales), que divulgan (incluso hoy entre las filas tradicionalistas) que Jesucristo y sus Apóstoles enseñaron que el fin del mundo era inminente, y que, por lo tanto, se equivocaron.

Esta parábola, por el contrario, indica, no una catástrofe próxima y la reconstrucción instantánea del mundo, sino la fundación de una sociedad visible que exige un período extenso y un crecimiento lento, como un árbol, que da sombra y en cuyas ramas cantan los pájaros; lo cual no quita que sea un desarrollo sorprendente, y, si se quiere, maravilloso.

El pensamiento de Nuestro Señor es que aquel grupito de hombres que lo rodeaba, insignificante hasta lo invisible en un rincón del enorme Imperio Romano, se iba a agigantar paulatinamente, hasta cubrir con su sombra el mundo entero.

Este grano de mostaza es la Iglesia de Jesucristo. ¿Qué institución más pequeña y más humilde en sus principios, sea por el número, sea por la calidad de las personas que la componían?

Vedla en Jerusalén, luego en Roma, en los primeros años que siguieron a la Ascensión del Salvador. Era bien pequeña y bien pobre; parecía deber disminuir más bien que crecer. Todo parecía condenarla a perecer: el escándalo de la Cruz, la severidad de su moral, las herejías nacientes, las terribles persecuciones que la sitiaron durante varios siglos, las sombrías y extensas herejías que siguieron a su instalación…

Pero, ¡oh maravilla! Este pequeño grano de mostaza se desarrolló admirablemente de siglo en siglo y se convirtió en un árbol frondoso, extendiendo sus ramas hasta las extremidades de la tierra, cubriendo el mundo entero con su sombra y ofreciendo su bienhechora influencia a todo hombre, toda familia, toda institución, toda sociedad…

Los príncipes y el pueblo, los grandes y los pequeños, los sabios y los ignorantes, los ricos y los pobres…, todos encuentran en ella su descanso y su comida, las luces y las fuerzas necesarias para perfeccionarse en la tierra y después llegar al cielo.

Dos Cosmovisiones

Puede presentarse aquí la objeción que plantea la situación actual, no sólo de la Civilización Cristiana (la Ciudad Católica edificada por la Iglesia), sino también el estado crítico de la misma sociedad instituida por Nuestro Señor Jesucristo.

En efecto, ¿qué queda hoy de la esplendorosa y magnífica construcción de la Iglesia? ¿No está, acaso, casi desaparecida la propia Iglesia, sin ejercer influencia alguna sobre los destinos de las naciones, de las familias, e incluso de la gran masa de los individuos?

Para responder a esta neta dificultad debemos destacar, en primer lugar, que esta parábola no es la única que predicó Jesucristo. En efecto, ésta también, entre otras, la del trigo y la cizaña (S. Mateo 13: 24).

Además, Nuestro Señor anunció una crisis final; del mismo modo los Apóstoles escribieron sobre la apostasía, el Hijo de perdición y el reino del Anticristo… (S. Mateo 24: 21; S. Marcos 13: 19; S. Lucas 18: 8; II Tess. 2: 3; Apocalipsis 12: 17; 13: 1-17).

Pero, lo más importante, esta parábola contiene la cosmovisión de Cristo, la manera católica de concebir la vida y la misión del hombre en la tierra, contrapuesta a la cosmovisión mundana.

Hay sólo dos cosmovisiones: la de la impiedad y la de la Iglesia.

Es decir, la cosmovisión del ateísmo, que promete el progreso indefinido de la humanidad; y la cosmovisión del catolicismo, que señala un comienzo, un apogeo, un declinar y un punto final para la sociedad humana.

Jesucristo caracterizó el Reino de Dios en la tierra con la imagen de una cosa viva, que tiene un principio, un desarrollo hasta alcanzar un punto culminante, un proceso de degradación y un desenlace.

Al igual que todas las cosas vivas, el Reino de Dios en la tierra ha sido establecido para crecer, desarrollarse, llegar a su plenitud, y luego decaer, para terminar, no en la extinción y la nada, sino en una transfiguración y transformación final, pero sin desarrollo indefinido o evolución hasta el infinito.

La cosmovisión del cristiano esta resumida en la frase de San Pablo: “no tenemos aquí patria permanente, sino que luchamos por la futura”.

Enfrentada con esta manera de concebir nuestra vida aquí en la tierra esta la cosmovisión del impío y la de todos los falsos mesianismos, incluso los rociados con agua bendita, y que se concretiza en la expresión: “aquí abajo está nuestra patria permanente; el fin de la humanidad es el progreso, la evolución”.

Según esta concepción impía, estamos en un momento decisivo de la evolución del hombre, que consiste en la creación de un gobierno mundial.

Ahora bien, en la Sagrada Escritura no hay ni rastro de este gobierno mundial democrático… Por el contrario, sí está profetizado elgobierno mundial del Anticristo, sobre la base de la socialdemocracia, con el apoyo de una falsa religión y, después de su derrota, el gobierno universal y sobrenatural de Jesucristo.

De este modo, la Civilización inspirada por el catolicismo:

- tuvo su inicio, su crecimiento lento, su desarrollo;

- en el medioevo, llegó en el siglo XIII al apogeo máximo que pudo alcanzar en las actuales condiciones de la humanidad herida por el pecado;

- a partir de 1303 comenzó su declinar, que no se detendrá hasta llegar a un término intrahistórico catastrófico;

- finalmente, tendrá un fin glorioso meta histórico, es decir la restauración final de todas las cosas en Cristo y por Cristo.

Consideremos rápidamente este desarrollo.

La Cristiandad

La Iglesia conoció un espléndido desarrollo, en el tiempo de los Apóstoles y de los Mártires; luego en los siglos de los grandes Pastores y Doctores de Oriente y Occidente. Así se separó de la Sinagoga judía y se abrió a los Gentiles. Soportó las persecuciones del Imperio pagano hasta el tiempo señalado de su conversión.

La Iglesia resplandeció mil años por una incomparable soberanía sobre los emperadores, los reyes y los príncipes, mientras que Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora inspiraban el pensamiento y las leyes, la literatura y las artes, toda la vida de la Cristiandad, desgraciadamente obstruida y amenazada por el cisma de los Bizantinos y las fulminantes proyecciones del Islam.

Es en el siglo XIII que, llegada a la mitad de su curso, dio el espectáculo del poder y de la magnificencia del Espíritu Santo, prefiguración de lo que será la Jerusalén celestial, al regreso de su Señor.

La Iglesia realizó, pues, esa hermosa Sociedad Cristiana, que se llamó la Edad Media y que sería mejor denominar la Cristiandad.

Por supuesto, todo no era perfecto en esa época; siempre habrá pecado y pecadores, trigo y cizaña; pero en esa sociedad se tenía consciencia de que el hombre ha sido puesto sobre la tierra por Dios para honrarlo, alabarlo y servirlo; especialmente se sabía que todo lo creado ha sido puesto a disposición del hombre para que éste pueda amar y servir a Dios, su Creador y Salvador.

La Cristiandad es, pues, un modelo, una referencia. La Iglesia va incluso más lejos, y nos enseña que no puede haber otro modelo que éste en el cual todo, absolutamente todo, se oriente hacia Dios, nuestro Padre, para la mayor felicidad de los hombres.

El “fuerte armado” y su retorno

¿Como explicar, pues, la situación actual de la sociedad? Cabe aquí recordar la parábola del “Fuerte armado” y su aplicación:

“Cuando el hombre fuerte y bien armado custodia la entrada de su casa, sus bienes están seguros. Pero si sobreviene uno más fuerte que él, lo vence, le arranca las armas en que confiaba y reparte su despojos.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, yerra por los lugares áridos, buscando el descanso; pero no lo encuentra. Dice entonces: “Volveré a la casa de dónde salí”. A su llegada, la encuentra barrida y adornada. Entonces se va a tomar otros siete espíritus más perversos que él. Entran juntos en la residencia y se establecen. Y el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero”.

En esta parábola Jesucristo hizo algo más que una simple refutación “ad hominem” de la acusación de los fariseos; dijo que el diablo en la tierra es el “Fuerte Armado” y que defendía su casa; es decir que el Reino del Diablo estaba fuertemente fortificado en el mundo; y que Él había venido para vencerlo y desarmarlo.

Jesucristo apellidó sin exageraciones al diablo el “Fuerte”, el “Príncipe de este Mundo”, el “Poder” o el “Monarca de las Tinieblas”; y ese poder lo sintió en si mismo.

San Agustín siempre expone el misterio de la Redención del hombre de este modo: “Por el pecado el demonio adquirió poder mortífero sobre la raza de Adán; y lo perdió porque hizo dar muerte injustamente a un hombre sin pecado. La Pasión de Cristo fue una batalla en la que el más fuerte, hecho a prima faz más débil, saqueó la casa del Fuerte”.

Este hombre fuerte y bien armado es, pues, el demonio, que ejercía desde el pecado de Adán una autoridad casi absoluta sobre los hombres.

Sus armas, son todas sus astucias y las de los espíritus diabólicos, con todas las especies de pecado.

Su casa, su palacio, es el mundo, la tierra entera, donde dominaba como amo incontestado hasta la llegada del Salvador; por eso se creyó con derecho a ofrecérselo, al precio de un acto de adoración: “Todo esto es mío y te lo daré, si postrado me adorares”.

Satanás había usurpado realmente el imperio del mundo. No solamente había reducido a los hombres a la esclavitud del pecado, desnudándolos así de sus derechos y de sus esperanzas legítimas, sino que, además, tenía de mil maneras hundida la sociedad en la degradación, suministrándole la corrupción de las costumbres, la oscuridad intelectual, las miserias sociales y todas las crueldades que acompañan a la corrupción. En lugar de la verdad había erigido el error en principio y había hecho rendirse a sí mismo un culto, manchado por torpezas y abominaciones sin nombre.

El “mas fuerte” que vino es el Mesías prometido, es Jesucristo, bajado del cielo para vencerlo y retirarle sus armas y repartir sus despojos; es decir, volver en contra suya todo aquello que mantenía en la esclavitud y de lo cual se servía como de instrumento para sembrar por todas partes el mal y el desorden.

Por lo tanto, lejos de actuar como “Ministro de Satanás”, Nuestro Señor es, al contrario, su adversario, mucho más fuerte que él, que vino para destruir su poder y arrebatarle su presa.

Esta parábola tiene una aplicación directa a los judíos; Nuestro Señor argumenta en forma de alegoría y contesta la acusación de sus enemigos, probándoles que son ellos quienes poseen el demonio.

En efecto, por la Ley los judíos fueron liberados de la tiranía del demonio, y éste, expulsado de la nación elegida, se había refugiado en los gentiles.

Pero más tarde, por su obstinación, su endurecimiento, su malicia y por la práctica de las supersticiones paganas, abrieron nuevamente la puerta al demonio y se sometieron a su poder. Finalmente, por el crimen terrible de deicidio, del cual se hicieron pronto culpables crucificando a su verdadero Mesías, se convirtieron en los enemigos más encarnizados de Dios. Desde su deicidio, el estado de este pueblo es peor que al principio.

San Jerónimo, comentando esta parábola dice: “El espíritu impuro, expulsado de en medio de los Judíos, cuando recibieron la Ley, se fue a los gentiles, que eran como extensos desiertos donde no descendía el vivificante rocío de la gracia. Pero cuando los gentiles se convirtieron, Satanás no encontrando allí más descanso, volvió de nuevo, con todos los defectos de los paganos, al pueblo judío abandonado de Dios. Y el estado de este pueblo se volvió peor que antes de recibir la Ley. Su último crimen lo puso enteramente a disposición de Satanás.”

Esta parábola es también la lamentable historia de la Cristiandad. El “espíritu impuro” salió de la sociedad pagana cuando, por el santo bautismo, la Iglesia le hizo renunciar a Satanás, a sus pompas, a sus obras y a sus cultos idolátricos, y así se convirtió en hija de Dios.

La sociedad pagana, por medio de un humilde acto de renuncia a Satanás, quemó todo aquello que hasta ese momento había adorado, y, por un fervoroso acto de fe, adoró todo lo que hasta allí había perseguido y combatido.

Nuestro Señor, adversario mucho más fuerte que Satanás, destruyó su poderío y le arrebató su presa. Así lo hizo este divino y todopoderoso Liberador, tanto en el orden de la religión (culto y teología), como en el orden de la verdad (filosofía y ciencias), en el orden del bien común (política), en el orden de la belleza (bellas artes, artes liberales y artesanías), e incluso en el orden del bien simplemente útil (economía y trabajos serviles).

Esta sociedad, así consagrada a Dios, vivía en paz, en la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Pero el demonio, furioso y celoso, no soportó que sus dominios le hubiesen sido usurpados y no descansó hasta intentar reconquistarlos, con la autorización divina y en cumplimiento de altísimos planes de la Providencia que escapan a nuestra comprensión.

Aprovechando la negligencia y la tibieza donde se dejan ir demasiado a menudo los hombres y las sociedades, tomó siete espíritus más perversos que él, y por medio de todos estos “ministros” tornó a ser “Príncipe” de su presa, entrando en plena posesión de esta pobre sociedad moderna, cuyo estado es, a ciencia cierta y a simple vista, peor que antes de su conversión y cristianización.

Así como las recaídas en las enfermedades son mucho más peligrosas para el cuerpo, del mismo modo, las recaídas en el pecado tienen consecuencias espantosas y desastrosas en el orden espiritual: cuanto más se aleja una sociedad de Dios, después de haberlo conocido y servido, más se consolida su inclinación al mal, menos gracias recibe y mayores y nuevos obstáculos encuentra para practicar la virtud.

Leamos en la segunda Epístola de San Pedro, capítulo dos, el triste cuadro que hace este Apóstol de las almas ingratas que, teniendo la felicidad de conocer a Jesús, lo abandonan a continuación para tornar al pecado, y apliquemos esa enseñanza a lo sucedido con la sociedad, otrora cristiana:

“Porque si los que se desligaron de las contaminaciones del mundo desde que conocieron al Señor y Salvador Jesucristo se dejan de nuevo enredar en ellas y son vencidos, su postrer estado ha venido a ser peor que el primero. Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia que renegar, después de conocer el santo mandato que les fue transmitido. En ellos se ha cumplido lo que expresa con verdad el dicho: “Un perro que vuelve a lo que vomitó” y “una puerca lavada que va a revolcarse en el fango””.

Lamentable estado de la sociedad moderna, peor que el primero. Se manifiesta en ella la verdad de ese antiguo Proverbio: ¡regresó al vómito del paganismo y al fango de la idolatría!

Junto con el odio a Dios, a Jesucristo y a su Iglesia, lo que más desagradaba a sus enemigos era la Civilización fundada sobre la base de la santa religión.

Esa Sociedad Cristiana, esa Ciudad Católica, es lo que el demonio atacó y lo que, con una serie de sucesivos golpes, va llevando a su destrucción…

Una vez acabada con ella, la apostasía será completa, y todo estará preparado para la irrupción del “hijo de perdición”.

¿Cómo se las ingenió, pues, el demonio? Tomó “siete espíritus más perversos que él” y los fue introduciendo en la sociedad hasta llevarla al estado actual:

1) Humanismo y Renacimiento.

2) Masonería.

3) Positivismo y teologia liberal.

4) Revolución Francesa.

5) Liberalismo y Capitalismo.

6) Socialismo y Comunismo.

7) Modernismo y Vaticano II.

El proceso revolucionario de la contra-iglesia. Una larga decadencia.

En la consideración de la historia, la Edad Media aparece como un apogeo, sin omitir, sin embargo, las miserias y los errores propios de esta época.

A partir de 1303 comenzó el proceso de una larga decadencia:

- el desencadenamiento de las fuerzas satánicas con el Nominalismo y el Humanismo pagano que reaparece.

- el Protestantismo y sus guerras impías.

- la Masonería y la filosofía de las Luces.

- la Revolución Francesa.

- las conquistas inexorables del Laicismo.

- el Liberalismo que conduce al Capitalismo.

- el espíritu revolucionario universal.

- el Socialismo y el Comunismo.

- el Modernismo.

- hasta que los hombres de la Iglesia prestaron su apoyo al Nuevo Orden Mundial por su democracia religiosa, coronada por el Vaticano II y el ilegítimo connubio de la Iglesia Conciliar con la Revolución…

La particularidad del “período moderno” es una lenta descomposición, metódica y progresiva, del tejido sobrenatural e incluso del natural.

Este diagnóstico parece tremendo… El cuadro puede parecer apocalíptico.

Pues bien, el término es exacto.

No es una jeremiada suplementaria para compadecerse de las desdichas del tiempo presente.

Somos hombres de Fe; conocemos nuestro Evangelio y nuestro Nuevo Testamento; y en ellos “el misterio de iniquidad” se anuncia con toda claridad.

Con la pacífica lucidez de los “hijos de la Luz” somos capaces de discernir la marca del enemigo antiguo del género humano y la lucha perpetua de la Sinagoga contra la Iglesia.

Sin embargo, la historia la escribe la Providencia divina guiada por su Predestinación y Misericordia.

Ahora bien, en la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos no existe un hilo conductor más claro.

Pero, ¡atención!, no existe un fatalismo de la historia, sino un “sentido cristiano de la historia”

Lo mismo debemos afirmar cuando se considera lo que ha sido profetizado sobre los últimos tiempos.

¿Qué podemos hacer?

Y aquí se plantea la consabida pregunta: ante el mundo tal como es en su actual realidad concreta, ante lo que está anunciado y profetizado, ¿qué podemos hacer?, ¿qué soluciones particulares tenemos?

A la luz del desarrollo providencial de la historia de la humanidad, es cierto que nuestro período no es como los de otras épocas.

Nuestros combates son más violentos porque están más cerca del fin de los tiempos, porque el Príncipe de las tinieblas tiene un permiso para ejercer un mayor imperio sobre las cosas, poder que se irá incrementando a medida que nos acerquemos al “tiempo de las naciones”.

No obstante, en este período concreto, el de nuestra salvación, la redención continúa. Nuestro deber es, pues, santificarnos y ayudar a redimir nuestro medio ambiente, sabiendo que tenemos los medios, cualquiera sea el tiempo: “Dios es fiel, y nunca permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas”.

Debemos trabajar en nuestro lugar y tiempo para colaborar a la implantación del Reino de Jesucristo.

Es normal que soñemos con un mundo mejor, un regreso a la Cristiandad, una restauración de la Iglesia…

Pero Dios, en su Providencia, nos puso en un mundo concreto, en un momento preciso de la historia de la humanidad y de la Iglesia. Es Dios quien escribe la Historia; con un itinerario cuyo secreto sólo El conoce y por el cual lleva a cabo su inmenso plan de Amor para completar el número de los elegidos.

No podemos hacer abstracción de la consideración de este plan.

Ahora bien, desde el comienzo, Dios nos muestra el enfrentamiento de dos razas: por un lado, la del justo Abel, fiel hasta la muerte, ofreciendo los primeros sacrificios agradables a Dios; en frente, la de Caín, aferrada al éxito terrestre, a los bienes de este mundo, persiguiendo al justo.

Esta Historia se prolonga por la elección de Abraham en medio de un mundo completamente impío. Libre elección divina que se continúa en Isaac, hijo de Sara, la mujer libre; a quien se opone Ismael, hijo de Agar, la esclava. San Pablo comenta largamente este episodio: “El hijo según la carne perseguía al hijo según el espíritu; y aún es así en el presente.”

En efecto, la historia de todo el Antiguo Testamento es la lucha entre dos razas de hombres, sea en el mundo, sea incluso en el seno del pueblo elegido.

Ahora bien, si se estudian los textos escriturarios que anuncian y describen el futuro, se comprueba que el establecimiento del Reino de Dios debe realizarse según esos mismos criterios.

Pueden leerse los textos evangélicos (capítulos 24 de San Mateo, 13 de San Marcos, 21 de San Lucas), el capítulo 2 de la segunda epístola a los Tesalonicenses, el Apocalipsis… Allí Se anuncian acontecimientos, tribulaciones, traiciones, revocaciones que tamizan a los elegidos como el trigo…, prolongación de este inmenso combate entre las dos razas.

Se anuncian períodos en que el mundo entero escuchará hablar de Jesucristo; otros de apostasía… bajo formas diversas…

A la luz de la Revelación, comprendamos nuestro lugar y nuestra vocación en el mundo moderno.

Ante todo, no podemos abandonar un combate que debe llevarse a cabo. En este combate gigantesco, debemos tornar nuestros ojos hacia el Evangelio. ¿No es acaso éste el combate anunciado hasta el final de los tiempos, y especialmente durante el fin de los tiempos?

Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo estigmatizó a los artesanos contemporáneos de la Revolución, los fariseos. Los acusó de haber desviado la verdadera religión en beneficio propio; de utilizar el destino del hombre para su propia llegada… arribismo… humanismo…

Ese falso mesianismo responde hoy a los nombres de Progresismo Cristiano… Civilización del Amor…

Conforme a las profecías, esta situación debe durar hasta que se revele “el hombre de iniquidad”.

Podemos inventar día a día recetas para intentar reparar lo irreparable… Pero, no serán más que recetas… Debemos ir a la fuente de toda verdad, que no puede en su amor haber abandonado a los hijos de los últimos tiempos sin los medios adecuados.

Sabemos que la lucha entre el diablo y la Ciudad Santa durará hasta la Parusía. Esta lucha no está reabsorbiéndose progresivamente. Si nos referimos al Evangelio, tenemos que en el Reino siempre se encontrará el buen grano mezclado con la cizaña; y no que contará con un trigo superior, cuyas variedades irían mejorando de siglo en siglo. Del mismo modo, el Apocalipsis no nos muestra una domesticación progresiva de la famosa Bestia.

El diablo, incluso si está vencido, continúa con las manos en la obra, y propone los falsos mesianismos de toda especie, y sabe luchar mejor en ese campo a medida que nuestro mundo se acelera hacia su fin, perfeccionando sus métodos y organizando más sabiamente su espantosa contra-iglesia. Tanto que Jesús nos dice: “Cuando el Hijo del hombre vuelva, ¿encontrará aún Fe sobre la tierra?”

Y mientras tanto, ¿qué hacemos?

Mientras tanto, con las armas de la religión católica tenemos que defender los bienes de la cultura, de la nacionalidad y de la tradición cristiana; pero sin apoyarse demasiado en ellos, como quien ve que son cosas perecederas y que acaso Dios las ha condenado desde ya a perecer; sabiendo que Dios nos pide que luchemos, pero no nos pide que venzamos, sino que no seamos vencidos.

En suma, hay que desarrollar e irradiar la propia actividad beneficiosa de tal modo que el mal que nos infieren, en vez de sofocarnos, quede como sofocado o, al menos, amortiguado en la correntada segura y pacifica de nuestro propio raudal de vida.

El Reino de Dios es semejante a un grano de mostaza.

Jesucristo caracterizó el Reino de Dios en la tierra con la imagen de una cosa viva, que tiene un principio, un desarrollo hasta alcanzar un punto culminante, un proceso de degradación y un desenlace.

Al igual que todas las cosas vivas, el Reino de Dios en la tierra ha sido establecido para crecer, desarrollarse, llegar a su plenitud, y luego decaer, para terminar, no en la extinción y la nada, sino en una transfiguración y transformación final.

Recemos y trabajemos por mantener y extender ese Reino, sin desesperar, pero esperando solamente la transfiguración y la transformación final…

Padre Juan Carlos Ceriani


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