LA SOBERANÍA DE DIOS

Junio 9, 2009 | |

LA SOBERANÍA DE DIOS

Lewis Sperry Chafer explica que:

Los atributos de Dios ponen de manifiesto que Dios es lo supremo sobre todo lo existente. No queda nada sujeto a otro poder, autoridad o gloria y no está sujeto a ninguna entidad que sea superior a El. El representa la perfección hasta un grado infinito en cualquier aspecto de su Ser. El no puede jamás ser sorprendido, derrotado o disminuido. No obstante, sin sacrificar su autoridad o comprometer la realización final de su perfecta voluntad, Dios se ha complacido en dar a los hombres una medida de libertad y de elección, y para el ejercicio de esta elección Dios mantiene al hombre responsable.

A causa de estar el hombre, en su depravado estado, ciego e insensible a la obra de Dios, aparece claro en la Escritura que los hombres no deben apartarse de Dios, suprimiendo al Espíritu de sus corazones (Jn. 6:44; 16:7-11). Del lado humano, sin embargo, el hombre es responsable de su incredulidad y se le ordena que crea en el Señor Jesucristo con el objeto de que pueda ser salvado (Mar. 1.15; Hch. 16:31; 17.30-31). Es también verdad que en los asuntos de los hombres, especialmente de los cristianos, Dios actúa para que se cumpla su voluntad (Fil. 2:13). Con todo, El no fuerza a los hombres a que se entreguen a Dios, sino más bien les exhorta a que lo hagan (Ro. 12:1, 2).

El hecho de que Dios haya otorgado una cierta libertad al hombre no introduce un factor de incertidumbre en el universo, puesto que Dios se anticipa y conoce hasta el infinito todo lo que los hombres harán en respuesta a las influencias divinas y humanas y que se producen en sus vidas. Su soberanía, por tanto, se extiende infinitamente a todo acto, incluso si temporalmente ha de ser en el mal, por permitirlo, y que en última instancia todo redunda en que Dios pueda ser glorificado.[0]

El axioma teológico de E. Y. Mullins en Axiomas de Religión es “El Dios santo y amoroso tiene el derecho de ser soberano”.[1]

Su capítulo trata con la forma en que la soberanía de Dios se expresa en Sus tratos con el mundo y los hombres que Él creó y forma una base para el sacerdocio de los creyentes.

La soberanía de Dios es otra manera de afirmar que Dios está en control. Sin embargo, el concepto necesita atención, pues estar enterado de la soberanía de Dios es crucial para una comprensión correcta de Dios y la humanidad. La predestinación extrema ha llevado a muchos cristianos a tratar este concepto con cierta ligereza. Aunque algunos bautistas primitivos (particulares) han sido rígidamente calvinistas, los bautistas del sur han sido demasiado evangelizadores para permitir que un calvinismo estricto dominara su teología. Ésto debiera demostrar que creer en la soberanía de Dios no resulta en la predestinación extrema.

El sacerdocio de los creyentes es un resultado natural de la soberanía de Dios,pues reclama que Dios no ha delegado Su soberanía a ninguna persona u organización; Dios se relaciona directamente con el individuo.

La soberanía de Dios no es difícil de comprender si asumimos, que Dios es santo y amoroso; a la verdad, nosotros necesitamos un Dios así que dirija nuestras vidas. La cuestión permanece, si Dios es soberano, ¿por qué no hace este mundo como El quiere que sea y termina el asunto? ¿Por qué prolongarlo? La respuesta se encuentra en el hecho que Dios creó al hombre para ser libre. Violar esa libertad frustraría la razón de Dios para crear al hombre.

La soberanía de Dios influye en todo el universo. El es. soberano sobre Su orden creado. El es soberano sobre cada persona. El es soberano sobre toda potencia. Su soberanía es final y completa. Todo poder que existe, existe porque El lo permite. El es soberano sobre el creyente y quiere que el creyente reconozca Su soberanía en amor y obediencia.

A. Habla de la supremacía divina en todas la cosas, (“De Jehová es la tierra y su plenitud;El mundo, y los que en él habitan.” Sal.24:1 RV 1960)

B. Su accionar soberano: alcanza a  los actos creativos (“Porque mía es toda bestia del bosque, Y los millares de animales en los collados.” Sal.50:10), como también a la capacidad de sustentar todo lo creado (Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;” Col.1:17 RV 1960).

C. Por lo tanto lo es en la Salvación, (“Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” Ef. 1:1-5 RV 1960)

En su reinado, (“Jehová reina; se vistió de magnificencia; Jehová se vistió, se ciñó de poder. Afirmó también el mundo, y no se moverá.” Sal.93:1 RV 1960)

En su voluntad, (”Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? ” Dn.4:35 RV 1960)

  • Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quisiere” (Is. 46:10 RV 1960)

La Soberanía de Dios puede definirse como el ejercicio de su supremacía. Dios es el Altísimo, el Señor del cielo y de la tierra está exaltado infinitamente por encima de la más eminente de las criaturas. El es absolutamente independiente; no está sujeto a nadie, ni es influido por nadie. Dios actúa siempre y únicamente como le agrada.

Nadie puede frustrar ni detener sus propósitos. Su propia Palabra lo declara explícitamente: “En el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano” (Dan. 4:35 RV 1960). La soberanía divina significa que Dios lo es de hecho, así como de nombre, y que está en el Trono del universo dirigiendo y actuando en todas las cosas “según el consejo de su voluntad” (Efe. 1:11 RV 1960).

Con gran razón decía el predicador bautista del siglo pasado Carlos Spurgeon, en un sermón sobre Mat. 20:15, que:

“No hay atributo más confortador para Sus hijos que el de la Soberanía de Dios. Bajo las más adversas circunstancias y las pruebas más severas, creen que la Soberanía los gobierna y que los santificará a todos.Para ellos, no debería haber nada por lo que luchar más celosamente que la doctrina del Señorío de Dios sobre toda la creación -el reino de Dios sobre todas la obras de sus manos- El trono de Dios, y su derecho a sentarse en el mismo. Por otro lado, no hay doctrina más odiada por la persona mundana, ni verdad que haya sido más maltratada, que la grande y maravillosa, pero real, doctrina de la Soberanía del infinito Jehová. Los hombres permitirán que Dios esté en todas partes, menos en su trono. Le permitirán formar mundos y hacer estrellas, dispensar favores, conceder dones, sostener la tierra y soportar los pilares de la misma, iluminar las luces del cielo, y gobernar las incesantes olas del océano; pero cuando Dios asciende a su Trono sus criaturas rechinan los dientes. Pero nosotros proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer su propia voluntad con lo que le pertenece, a disponer de sus criaturas como a él le place, sin necesidad de consultarlas. Entonces se nos maldice y los hombres hacen oídos sordos a lo que les decimos, ya que no aman a un Dios que está sentado en su Trono. Pero es a Dios en su Trono que nosotros queremos predicar. Es en Dios, en su Trono en quien confiamos”.

Sí, tal es la Autoridad revelada en las Sagradas Escrituras. Sin rival en Majestad, sin límite en Poder, sin nada, fuera de sí misma, que le pueda afectar. “Todo lo que quiso Jehová, ha hecho en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Sal. 135:6 RV 1960).

No obstante, vivimos en unos días en los que incluso los más “ortodoxos” parecen temer el admitir la verdadera divinidad de Dios. Dicen que reconocer la soberanía de Dios significa excluir la responsabilidad humana; cuando la verdad es que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía Divina, y es el resultado de la misma. “Y nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3 RV 1960).

En su soberanía escogió colocar a cada una de sus criaturas en la condición que pareció bien a sus ojos. Creó ángeles: a algunos los colocó en un estado condicional, a otros les dio una posición inmutable delante de él (“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad.” 1 Tim. 5:21 RV 1960), poniendo a Cristo como su cabeza (Col. 2:10). No olvidemos que los ángeles que pecaron (“Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio;” 2 Pe. 2:4 RV 1960). Con todo, Dios previó que caerían y, sin embargo, los colocó en un estado alterable y condicional, y les permitió caer, aunque El no fuera el autor de su pecado.

Asimismo, Dios, en su soberanía colocó a Adán en el jardín del Edén en un estado condicional. Si lo hubiera deseado podía haberle colocado en un estado incondicional, en un estado tan firme como el de los ángeles que jamás han pecado, en uno tan seguro e inmutable como el de los santos en Cristo.

En cambio, escogió colocarle sobre la base de la responsabilidad como criatura, para que se mantuviera o cayera según se ajustase o no a su responsabilidad: la de obedecer a su Creador. Adán era responsable ante Dios (Dios es ley en sí mismo) por el mandamiento que le había sido dado y la advertencia que le había sido hecha. Esa era una responsabilidad sin menoscabo y puesta a prueba en las condiciones más favorables.

Dios no colocó a Adán en un estado condicional y de criatura responsable porque fuera justo que así lo hiciera. No, era justo porque Dios lo hizo. Ni siquiera dio el ser a las criaturas porque eso fuera lo justo, es decir, porque estuviera obligado a crearlas; sino que era justo porque El lo hizo así.

Dios es soberano. Su voluntad es suprema. Dios, lejos de estar bajo una ley, es ley en sí mismo, así es que cualquier cosa que él haga, es justa. Y ¡ay del rebelde que pone su soberanía en entredicho! “Ay del que pleitea con su Hacedor, siendo nada mas un pedazo de tiesto entre los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces?” (Isa. 45:9 RV 1960).

Además, Dios es Señor, como soberano, colocó a Israel sobre una base condicional. Los capítulos 19, 20 y 24 de Éxodo ofrecen pruebas claras y abundantes de ello. Estaban bajo el
pacto de las obras. Dios les dio ciertas leyes e hizo que las bendiciones sobre ellos, como nación,
dependieran de la observancia de las tales.

Pero Israel era obstinado y de corazón incircunciso. Se rebelaron contra Jehová, desecharon su ley, se volvieron a los dioses falsos y apostataron. En consecuencia, el juicio divino cayó sobre ellos y fueron entregados en las manos de sus enemigos, dispersados por toda la tierra, y hasta el día de hoy, permanecen bajo el peso del disfavor de Dios.

Fue Dios, quien en el ejercicio de su soberanía, puso a Satanás y a sus ángeles, a Adán y a Israel en sus respectivas posiciones de responsabilidad. Pero, en el ejercicio de su soberanía, lejos de quitar la responsabilidad de la criatura, la puso en esta posición condicional, bajo las responsabilidades que él creyó oportunas; y, en virtud de esta soberanía, El es Dios sobre todos. De este modo, existe una armonía perfecta entre la soberanía de Dios y la responsabilidad de la criatura. Muchos han sostenido equivocadamente que es imposible mostrar donde termina la soberanía de Dios y empieza la responsabilidad de la criatura. He aquí donde empieza la responsabilidad de la criatura: en la ordenación soberana del creador. En cuanto a su soberanía, ¡no tiene ni tendrá jamás “terminación”!

Vamos aprobar aún más, que la responsabilidad de la criatura se basa en la soberanía de Dios. ¿Cuántas cosas están registradas en la Escritura que eran justas porque Dios las mandó, y que no lo hubieran sido si no las hubiera mandado?

¿Qué derecho tenía Adán de comer de los árboles del jardín del Edén? ¡El permiso de su Creador (“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; ” Gén. 2:16 RV 1960), sin el cual hubiera sido un ladrón! ¿Qué derecho tenía el pueblo de Israel a demandar de los egipcios joyas y vestidos (“E hicieron los hijos de Israel conforme al mandamiento de Moisés, pidiendo de los egipcios alhajas de plata, y de oro, y vestidos.” Ex. 12:35 RV 1960)? Ninguno, sólo que Jehová lo había autorizado (“sino que pedirá cada mujer a su vecina y a su huéspeda alhajas de plata, alhajas de oro, y vestidos, los cuales pondréis sobre vuestros hijos y vuestras hijas; y despojaréis a Egipto ” Ex. 3:22 RV 1960).

¿Qué derecho tenía Israel a matar tantos corderos para el sacrificio? Ninguno, pero Dios así lo mandó. ¿Qué derecho tenía el pueblo de Israel a matar a todos los cananeos? Ninguno, sino que Dios les habían mandado hacerlo. ¿Qué derecho tenía el marido a demandar sumisión por parte de su esposa? Ninguno, si Dios no lo hubiera establecido. ¿Qué derecho tuviera la esposa de recibir amor, atención y cuidados, ninguno, si Dios no lo hubiera establecido. Podríamos citar muchos más ejemplos para demostrar que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía Divina.

He aquí otro ejemplo del ejercicio de la absoluta soberanía de Dios: colocó a sus elegidos en un estado diferente al de Adán o Israel. Los puso en un estado incondicional. En un pacto eterno, Jesucristo fue hecho su cabeza, tomó sobre sí sus responsabilidades y actuó para ellos con justicia perfecta, irrevocable y eterna.

Cristo fue colocado en un estado condicional, ya que fue “hecho súbdito a la ley, para que
redimiese a los que estaban debajo de la ley” (Gál. 4:4,5 RV 1960),
sólo que con esta diferencia infinita: los hombres fracasaron, pero él no fracasó ni podía hacerlo. Y, ¿quién puso a Cristo en este estado condicional? El Dios Trino. Fue ordenado por la voluntad soberana, enviado por el amor soberano y su obra le fue asignada por la autoridad soberana.

El mediador tuvo que cumplir ciertas condiciones. Había de ser hecho en semejanza de carne de pecado; había de magnificar y honrar la ley; tenía que llevar todos los pecados del pueblo de Dios en su propio cuerpo sobre el madero; tenía que hacer expiación completa por ellos; tenía que sufrir la ira de Dios, morir y ser sepultado.

Por el cumplimiento de todas esas condiciones, le fue ofrecida una recompensa: (“Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada.Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.” Is.53:10-12 RV 1960).

Había de ser el primogénito de muchos hermanos; había de tener un pueblo que participaría de su gloria. Bendito sea su nombre para siempre porque cumplió todas esas condiciones; y porque las cumplió, el Padre está comprometido en juramento solemne a preservar para siempre y bendecir por toda la eternidad a cada uno de aquellos por los cuales hizo mediación su Hijo Encarnado. Porque El tomó su lugar, ellos ahora participan del Suyo. Su justicia es la Suya, su posición delante de Dios es la Suya, y su vida es la Suya. No hay ni una sola condición que ellos tengan que cumplir, ni una sola responsabilidad con la que tengan que cargar para alcanza r la gloria eterna.“Porque con una sola ofrenda hizo Perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14 RV 1960).

He aquí pues que la soberanía de Dios expuesta claramente ante todos en las distintas formas en que él se ha relacionado con sus criaturas. Algunos de los ángeles, Adán e Israel fueron colocados en una posición condicional en la que la bendición dependía de su obediencia y fidelidad de Dios. Pero, en marcado contraste con estos, a la “manada pequeña” (Luc. 12:32 RV 1960) le ha sido dada una posición incondicional e inmutable en el pacto de Dios, en sus consejos y en su Hijo; su bendición depende de lo que Cristo Hizo Por ellos. “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: conoce el Señor a los que son suyos” (2 Tim. 2:19).

El fundamento sobre el cual descansan los elegidos de Dios es perfecto: nada puede serle añadido, ni nada puede serle quitado (“He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres.”,Ecl. 3:14 RV 1960). He aquí, pues, el más alto y grande exponente de la absoluta soberanía de Dios. En verdad, El “del que quiere tiene misericordia; y al que quiere endurece” (Rom 9:18 RV 1960).

Dios tiene absoluto derecho de gobernar, y disponer de sus criaturas segúnm voluntad. (Cf. Daniel 4:35; Mateo 20:15; Romanos 9:21.) Posee este derecho en virtud de su infinita superioridad, de su propiedad absoluta de , y de la absoluta dependencia que todas las cosas tienen de él para su luación. Por lo tanto, no es sólo necio sino también malvado criticar su conducta.

El señor D. S. Clarke nos dice lo siguiente:

La doctrina de la soberanía de Dios es muy provechosa y estimulante. Si se nos diera a elegir, ¿qué elegiríamos: ser gobernados por el destino ciego, o la suerte caprichosa, o la ley natural irrevocable, o nuestro criterio miope y pervertido, o por un Dios infinitamente sabio, santo, amoroso y poderoso? El que rechaza la soberanía de Dios, puede elegir entre lo que queda.

Notas

[0] http://www.seminarioabierto.com/doctrina105.htm

1 E. Y. Mullins, Axiomas de la Religión (Philadelphia: American Baprist Publication Society, 1908), 73.

Fuentes:

  • Roy T.Edgemon, “Las doctrinas que creen los bautistas”,Convention Press Nashvlle,Tennessee
  • Daniel Asenja, “Teología propia”,Instituto Biblico Jorge Muller
  • A.W. Pink Los Atributos de Dios Editorial: FELIRE
  • Myer Pearlman,teologia biblica y sistemática, p. 45, ed. vida 1992
  • www.seminarioabierto.com

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